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Neurología de los estados místicos

Experiencia místicaContinuando el sendero de conocimiento sobre la espiritualidad y la neurología, abierto en los artículos "El secreto mejor guardado de la historia | Las Religiones Mistéricas" y "Un avance psicodélico en Canadá", te presentamos a Lynne McTaggart, periodista y escritora que ha centrado su carrera en desvelar en sus libros el maravilloso poder de la intención.

En el siguiente texto, recogido en la web espaciomisterio.com y extraído de su obra titulada "El Poder del Ocho", nos muestra los cambios que se producen en el cerebro cuando se accede al estado místico de consciencia, fundamentalmente en los lóbulos frontales y parietales, con los siguientes efectos:

«En el momento en que (los sujetos del estudio) experimentaron una sensación de unidad o de pérdida del yo, observamos un descenso repentino de la actividad de los lóbulos parietales»

El área del cerebro asociada a las preocupaciones y al pensamiento negativo (lóbulo frontal derecho) se «apaga», por eso describen sentimientos de dicha.

[...] este estado cerebral facilitaría el acceso a la imaginación creativa y a la sensación de unidad.

Pero, como bien recalca uno de los investigadores que se citan, hay que tener muy en cuenta que los cambios neurológicos son una señal del estado místico, no su causa, ya que:

[...] sus investigaciones científicas «apoyan la posibilidad de que la mente pueda existir sin el ego, de que la conciencia pueda existir sin el yo».

Vivimos en una época excepcional en la que el conocimiento lógico y el espiritual se dan la mano mostrando que son partes a integrar de nuestra totalidad.

Artículo original en espaciomisterio.com

Cerebros místicos: claves de los estados alterados de conciencia

Investigaciones desarrolladas por eminentes neurólogos han arrojado luz sobre la auténtica naturaleza de las experiencias místicas y los estados alterados de conciencia. En su magnífico libro 'El poder de ocho' (Sirio) –del que extractamos el presente artículo–, la conocida periodista y escritora Lynne McTaggart desvela los entresijos de estos experimentos y sus extraordinarios resultados

11/08/2022

Según Abraham Maslow –fundador y principal exponentes de la psicología humanista–, cuando uno entra plenamente en la experiencia cumbre, con cada poro de su ser, deja atrás su propia esencia corpórea. Maslow también detalla otro fenómeno: una sensación de conocimiento interior, «una percepción directa de la naturaleza de la realidad que se valida a sí misma», en palabras de William James. Es como si la persona que tuviese esta experiencia accediese a alguna clave del universo secreta y extraordinaria. A raíz de este atisbo, se hace consciente de la perfección del universo y adquiere una certidumbre permanente en cuanto al futuro. El psiquiatra Richard Maurice Bucke describió su propia experiencia mística como la sensación de que «el universo está construido tan intencionalmente y está tan ordenado que (…) todas las cosas trabajan juntas por el bien de todas y cada una de ellas; el principio fundamental del mundo es lo que llamamos amor y a la larga es absolutamente seguro que todos alcanzaremos la felicidad». A menudo hay un sentimiento de Dios, pero más como el «Absoluto» que como el dios antropomorfo de algunas religiones organizadas, y un sentimiento subjetivo de inmortalidad o eternidad.

«Mi alma se abrió al infinito»

En las variedades de la experiencia religiosa, William James describió la experiencia de un clérigo cuyo episodio místico pareció un encuentro cara a cara con Dios: «Mi alma se abrió, por así decirlo, al Infinito, y dos mundos se apresuraron juntos, el interior y el exterior. (…) La percepción ordinaria de las cosas que había a mi alrededor se desvaneció. Por el momento no quedó más que una alegría y una exaltación inefables. Es imposible describir totalmente la experiencia. Era como el efecto de una gran orquesta cuando todas las notas separadas se han fundido en una ola de armonía que deja al oyente sin conciencia de nada, salvo de que su alma se ha visto empujada hacia arriba y casi llega a estallar con su propia emoción».

Edgar Mitchell experimentó ese momento como una epifanía cegadora, como una sensación de que no había accidentes ni oportunidades de perturbar esa perfección. La inteligencia natural del universo, que contaba con miles de millones de años de funcionamiento y había forjado las mismísimas moléculas constitutivas de su ser, era también la responsable del viaje por el espacio exterior en el que estaba embarcado. Todo era perfecto y él tenía su lugar dentro de esa perfección.

Monjes tibetanos en el laboratorio

Monje tibetanoEl fallecido Eugene d’Aquili, de la Universidad de Pensilvania, y su colega Andrew Newberg, miembro del Programa de Medicina Nuclear del hospital universitario del mismo centro educativo, han dedicado sus carreras a examinar la neurobiología del instante santo. Escribe Newberg: «Sabemos que de las prácticas contemplativas suaves, como la meditación mindfulness, podemos esperar una mejora del estado de ánimo, la empatía y la autoconciencia. Pero la iluminación es algo más, caracterizado por un cambio de conciencia intenso y repentino». D’Aquili y Newberg llevaron a cabo un estudio de dos años en el que examinaron las ondas cerebrales de monjes tibetanos y monjas franciscanas en el momento de la oración utilizando la tomografía computarizada de emisión de fotón único (SPECT, por sus siglas en inglés), una herramienta de toma de imágenes cerebrales basada en la alta tecnología que traza patrones de flujo sanguíneo en el cerebro. Newberg descubrió que las sensaciones de calma, unidad y trascendencia, como las que tienen lugar durante esas experiencias cumbre, se manifiestan como una disminución repentina y drástica de la actividad de los lóbulos frontales del cerebro (situados detrás de la frente) y los lóbulos parietales (situados en la parte trasera del área superior de la cabeza).

Cuando los monjes budistas meditaban, se comprobó que tenían dificultades para ubicar los límites entre ellos y el resto del cosmos

El propósito de los lóbulos parietales es que podamos orientarnos en el espacio físico; nos permiten saber en qué entorno nos encontramos o lo estrecho que es un pasaje, para que seamos capaces de evaluar si podemos pasar o no por él. Esta parte del cerebro también desempeña una función determinante, posiblemente la más importante de todas: percibe dónde termina uno mismo y dónde empieza el resto del universo, y lo hace mediante la obtención constante de entradas neurales procedentes de todos los sentidos corporales con el fin de distinguir lo que es uno mismo de lo que no lo es. En todos los estudios que llevaron a cabo sobre las experiencias cumbre, Newberg y D’Aquili descubrieron que el dial del «uno mismo/lo que no es uno mismo » giraba bruscamente hacia abajo. Escribe Newberg: «En el momento en que (los sujetos del estudio) experimentaron una sensación de unidad o de pérdida del yo, observamos un descenso repentino de la actividad de los lóbulos parietales».

Según lo que indicaban sus cerebros, esos monjes budistas y esas monjas franciscanas tenían problemas para identificar dónde estaban ubicados los límites entre ellos y el resto del mundo Newberg también escribe: «La persona siente literalmente como si su propio yo se estuviese disolviendo».

«Su yo se fundió con el universo»

En última instancia, los monjes y las monjas experimentaron un «cierre total» de las entradas neurales en los lóbulos parietales derecho e izquierdo, lo cual los condujo a la sensación subjetiva de una absoluta falta de espacio, a una «sensación de eternidad y espacio infinito» y también a un sentido ilimitado del yo. «De hecho –indica Newberg–, deja de haber cualquier sentido del yo». Al producirse una reducción súbita de la actividad de los lóbulos frontales, la lógica y la razón también se desactivan, señala Newberg: «Normalmente, tiene lugar un diálogo constante entre los lóbulos frontales y parietales, pero si la actividad se altera radicalmente en cualquiera de las dos áreas, la conciencia ordinaria experimenta un cambio radical». En la meditación activa, en que la finalidad es concentrarse intensamente en ciertos pensamientos o en un objeto de intención específico, Newberg descubrió que el límite entre el yo y el no yo se desdibuja, si bien el área de la atención, en cierto sentido, toma el relevo.

El lóbulo parietal izquierdo muestra una restricción de las entradas neurales, lo cual ocasiona que el sentido del yo se difumine, mientras que el lóbulo parietal derecho, que recibe la instrucción de enfocarse más intensamente en el objeto de atención, se ve privado de cualquier entrada neural distinta del objeto de la intención. No tiene otra opción, escribe Newberg, que la de crear una realidad espacial a partir del objeto de contemplación, el cual se agranda «hasta que la mente lo percibe como toda la profundidad y amplitud de la realidad», y la persona se siente completa y místicamente absorta en el objeto de su intención. Newberg se apresura a indicar que esta actividad cerebral constituye un reflejo de un estado de conciencia en particular. Esencialmente, es una señal de dicho estado, no su causa. Él se distancia de los materialistas estrictos, que afirman que estos estados son totalmente inducidos por el cerebro, y subraya que sus investigaciones científicas «apoyan la posibilidad de que la mente pueda existir sin el ego, de que la conciencia pueda existir sin el yo», y que su trabajo no hace más que ofrecer un «apoyo racional» a estos conceptos espirituales y a la espiritualidad mística.

Conversaciones con dios

Conversaciones con DiosEl trabajo de Newberg se vio ampliado por las investigaciones de Mario Beauregard, neurocientífico del Departamento de Psicología de la Universidad de Arizona, quien utilizó la imagen por resonancia magnética funcional (IRMf) para analizar la actividad cerebral en tiempo real de un grupo de monjas carmelitas mientras tenían unas experiencias espirituales intensas. Los resultados de estos experimentos mostraron claramente la activación de distintas regiones cerebrales relacionadas con las emociones, la representación del cuerpo en el espacio, la autoconciencia, las imágenes visuales y motoras e incluso la percepción espiritual. La activación de esas zonas daba lugar a estados cerebrales completamente distintos de los de la conciencia de vigilia ordinaria. Mario me comentó que había claros indicios de que se encontraban literalmente fuera de su mente y en un estado alterado de conciencia en el transcurso de una experiencia mística.

Una situación similar la ofrece, tal vez, la experiencia de una iglesia pentecostal, en que los asistentes acaban tan absortos que hablan en lenguas distintas a las que conocen. El movimiento pentecostal, iniciado en la primera década del siglo XX y luego extendido en las iglesias carismáticas, abarca actualmente una cuarta parte del mundo cristiano. Los miembros de la Iglesia pentecostal creen que si adquieren el don de las lenguas, significa que han recibido los dones del Espíritu Santo y son capaces de sanar a gente y profetizar el futuro. Describen la experiencia como que las palabras pasan a través de ellos; afirman que no emanan de ellos en absoluto. Este estado suele ser inducido por la música y el canto en grupo, dentro de una congregación.

Andrew Newberg ha estudiado las condiciones cerebrales de un pequeño grupo de miembros de una iglesia pentecostal antes y después de haber entrado en el estado que les permite hablar en lenguas desconocidas, para averiguar si sus patrones cerebrales eran como los de los monjes y las monjas a quienes había estudiado en el curso de una experiencia trascendente. Como en sus estudios anteriores, descubrió un descenso repentino en la actividad de los lóbulos frontales, pero ningún descenso en la actividad de los lóbulos parietales. De hecho, los sujetos pentecostales describieron su experiencia como haber tenido una conversación con Dios; en este contexto no perdían el sentido del yo, sino que conservaban el sentido de la alteridad de Dios.

MÉDIUMS Y MAESTROS SUFÍES

Newberg también usó las tecnologías SPECT y IRMf para estudiar las ondas cerebrales de médiums y de maestros sufíes mientras llevaban a cabo una meditación con canto y movimiento llamada dhikr, y encontró unas características cerebrales idénticas a las de los monjes y monjas que había estudiado: una desactivación de la actividad de los lóbulos frontales y parietales, especialmente los derechos.

Según Newberg, este estado cerebral facilitaría el acceso a la imaginación creativa y a la sensación de unidad. Y cuanto mayor es la reducción de la actividad de los lóbulos frontales y parietales, más probable es que los participantes experimenten todas las etapas de la iluminación. Los cambios más grandes tuvieron lugar en el lóbulo frontal derecho, el área del cerebro asociada con el pensamiento negativo y la preocupación, lo cual podría explicar por qué las personas que experimentan un estado de iluminación suelen describir sentimientos de dicha.

El experimento de la paz mundial

El Experimento de la IntenciónEn su momento dirigí un experimento que consistía en que miles de personas en todo el planeta oraran por la paz mundial. Además de estos sentimientos de unidad a los que se refería Newberg, los participantes del experimento de la paz también tenían la clara sensación de haber tomado parte en un emprendimiento profundo y significativo. «Me sentí importante por el hecho de estar haciendo algo así», escribió Mónica, de Ciudad de México. Experimentaron un sentimiento de esperanza o de «solidaridad humana», dejaron de sentirse aislados, se supieron parte de un «sentimiento profundo de conexión, posicionamiento, propósito», sintieron que estaban participando en «un proyecto global importante », consideraron que estaban cumpliendo con una «obligación » que debían tomarse «muy en serio», y tuvieron «un profundo sentimiento de nostalgia» después de que el experimento terminara. «Experimenté un sentido de propósito mayor que mi pequeña vida», aseguró Barbu, de Greenwich (Connecticut). «Me sentí en la obligación de participar en esto», escribió Lynne, una doctora de Seattle.

Los resultados del experimento de la paz habían sido estimulantes, pero en última instancia carentes de sentido, a menos que llevásemos a cabo muchos más experimentos, lo cual planeaba hacer una vez que las cosas se hubiesen asentado y pudiese reunir más recursos. Pero empecé a darme cuenta de que la cuestión de si el experimento había realmente «funcionado » parecía estar cada vez más fuera de lugar. Tal vez su éxito no tenía nada que ver con el resultado.

El hecho de mandar una intención grupal dio lugar a lo que solo podría describirse como un éxtasis de unidad –un sentimiento de unidad palpable–. Aparentemente, un poder cósmico actuó a través de nosotros y propició un sentimiento que muchos participantes describieron como «volver a casa». Las respuestas que habían dado sugerían que la experiencia de la intención grupal había eliminado la separación entre los individuos, lo cual les permitió experimentar la «conciencia divina» de la conexión pura.

Experiencias transformadoras

Muchos lo encontraron profundamente transformador; lo vivieron como la apertura a una realidad que no sabían que existía. Podía aceptar que los participantes se hubiesen sentido emocionados, incluso que hubiesen entrado en otro estado de conciencia y se hubiesen sentido conectados entre sí y con el objetivo. Pero luego empecé a leer respuestas como estas: «Tuve experiencias de sanación muy concretas todos los días»; «he estado sintiéndome conectado a la Tierra e incluso menos temperamental últimamente; más productivo y decidido».

Nunca había considerado que la experiencia pudiera tener efectos residuales. Las respuestas de los participantes a la encuesta parecían ser lo verdaderamente importante, y contradecían muchos supuestos de la nueva era relativos al poder de la intención enfocada exclusivamente en el objeto de deseo. Lo verdaderamente relevante no tenía nada que ver con el resultado del experimento y tenía todo que ver con el acto de participar. Tal vez la oración conjunta, grupal, brinda un atisbo de la totalidad del cosmos y nos acerca lo máximo posible a la experiencia de lo milagroso. Y puede ser que la vivencia de este estado, como ocurre con las experiencias cercanas a la muerte, nos cambie para siempre.

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